sábado, 7 de febrero de 2015

La cruzada – 16 de enero de 2015 - Puerto Montt

Parecía que eso de volver a pasar por el cuerpo siempre significaría lo mismo: sentir algo extraño, extrañarse de un paso, de un camino que alguna vez en otras vidas hicimos. Pero el detalle más mínimo puede hacer saltar lo que traemos, y ya no sé si son los genes, la sangre o  qué cosa, pero hay algo guardado que vuelve a salir, y claramente no es siempre lo mismo.
Poner primera, segunda y arrancar el cruce al Chile, sin pensarlo demasiado, o pensarlo demasiado y hacerlo como quien se tira al río del sur de una, antes de pensar en el congelamiento. Así fue este cruce, sin tanto preámbulo, sin tanto cálculo: largarse al país trasandino.
Ya es sabida la idiosincrasia del chilenoa,  donde toda pena o toda alegría se transcurren con el vinito o el pisco. Ya es sabida la nostalgia de la chilena, que se va de copas y comienza a llorar las penas de esos hombres maltratadores, con las manos resecas de tanto meterla en el mar para sacar los salmones, mollejas y lo que se para tener unos pesos.
Apenas cruzada la cordillera me embargó una sensación de alegría, tranquilidad, y de repente cayó la nostalgia. Y me pregunté si sería la misma nostalgia sureña de hace más de 37 años cuando mis viejos cruzaron escapando de la dictadura pinochetista. Después pensé en no nostalgiar tanto y no pensar que toda historia triste, de exilios siempre debe recordarse de esa manera. Hay maneras y maneras de maniobrar a la memoria y no siempre el horror, el castigo, la picana deberán ser nuestras defensas. Defender la alegría, ante todo debe ser nuestra categoría política a pancartear.
La alegría que mi vieja seguro experimentó al irse de su casa: por amor a un hombre, por amor a ella misma y sentir que en otro país iba a ser seguramente más que en ese del que se iba por una ventanita de alcoba adolescente. La felicidad de los mil días de la Unidad  Popular, la felicidad de las clases bajas, donde por fin tenían un presidente que iba por la vía pacífica por un Chile para todaos.
Entonces, mientras venía en el auto cruzando la cordillera me invadió una serie de sensaciones, que no sé si ponerles nombres pero fue un conjunto de cosas, de espíritus que me sobrevolaban. Como el de las mujeres tristes del albergue instalado en la Isla de Chiloé, de la Marcela Serrano. O los espíritus mapuches y araucanos. Pero seguramente y la más marica de las espíritas, la Lemebel que está más espírita que nunca entre nosotras.
Llegar al puerto Montt de las canciones, al puerto de las lanas, tejidos y mariscos, es volver a los olores de mi infancia. No nací en ningún chile, nací en argentina: pero es impresionante como la crianza puede ser tan fuerte, que te traiga recuerdos de cosas que no has vivido. No nací en Chile, pero viví un chilecito desde muy pequeño en el barrio Avellaneda de la ciudad de Bahía Blanca, donde salían olores y loas vecinaos se reconocían en el sur de la provincia de Buenos Aires.
Que llegue el plato de sopa y pilla calientita y hundirla en la mantequilla, fue volver a ese lugar del gusto de la infancia. Mantequilla para el pan, para la torta frita para la eternidad. El ajo y el cilantro de pebre, otro gusto de la niñez, que luego de años vuelvo a degustar. Una amiga me dijo: es como el que hago yo, y yo le respondo categórico: no, nunca sería el mismo, con el cilantro, el ají putaparìo de acá. Es pebre es el pebre de chile, del sur de chile, de los chilotes y chilotas.
Un cantante popular entra al resto de doña Adela, quien con su simpatía y sonrisa nos decide el lugar ideal para hacer la primera degustación sureña. El hombre con su guitarra canta dos canciones y pasa por las mesas por las monedas que le corresponden. Una doña sentada en la punta de la primera mesa pide un hit, el de la canoa que se va. La canta, la aplaude y yo la veo y me invade una simpatía, una desazón, alegrías y pienso que todo eso es posible gracias al vino tinto y al pisco sour que nos dieron de bienvenida. Y pienso y sigo pensando que el chilenoa no puede vivir la vida si no le entra al vino, al pisco o a alguna sustancia que le saque el frío. Y pienso en todos los chilenoas que me he cruzado desde mi niñez y que han hecho de la bebida una religión y no puedo más que identificarme. Lo que me ha dado el vino, el pisco, el rom no me lo ha dado ninguna otra droga: desolación, sensaciones extremas de felicidad y también sensaciones tremendas de tristeza. Cada vez más creo que el alcoholismo es el opio de la realidad, y esto lo digo a pesar de lo que puede provocarles  a todes aquelles que luchan contra eso mismo.

Pero pasando en limpio: no dejé de tener presentes a mis viejos queridos. La distancia geográfica y de las otras, me los hicieron traer al tiro a la cabeza. Hoy lo llamo  a mi papá y le digo que estoy en su país natal. Hoy lo llamo, hoy me tomo un vino y hoy me encargo de traerme de vuelta para continuar este viaje, que recién comienza.

1 comentario:

laura marcela Dominguez dijo...

Hermoso Cris! me emocionaste!!! estoy leyendo a Pedro Lemebel, " Hablame de amores" y te he tenido muy presente estos días!!! un gran abrazo!!!!