jueves, 30 de mayo de 2019

polaroid



Tengo una foto polaroid hace semanas en frente de una vela ubicada en el mueble que hace de mini santuario en la sala de yoga. Llego a casa y me recibe. Despido a quienes vienen a clase en casa beba y la miro de reojo. Una amiga me preguntó quiénes eran y yo le respondí que eran mis viejos, mi hermanita y ese bebé era yo.
La foto es hermosa: tiene unas sombras que están perfectamente colocadas a la derecha y lo que proyectan son las figuras de mi viejo y la mía. Pareciera que está sacada en la hora dorada, esa hora del día cuando se despide el sol y todo parece más profundo. Los colores son como de ese filtro de insta antiguo, pero esta foto es posta antigua: va a cumplir cuarenta años.
El fondo es una pared de una casa en construcción. Yo imagino que es la pared de nuestra casa de la infancia en la calle el resero de Bahía Blanca. Abajo se notan los ladrillos naranjas. Soy de la generación de hijes donde sus padres exiliados se juntaban en barriadas y construían sus propias casas, y no de románticos sino por necesidad y deber ser. Habrán pensado en qué nos dejarían a nosotres, y seguro pensarían que nunca nos faltaría un techo, un plato de comida y ropa para ponernos, y así fue: nunca nos faltó nada de eso.
Yo aprendí a cortar el pasto, a hacerme huevos revueltos por si mi vieja trabajaba, aprendí a lavarme mi propia ropa y lavar los platos. También aprendí lo que era el pecado, pero eso fue en la iglesia y es otra historia. Aprendí lo que era ser de clase baja: saber desde pibes que nunca podríamos dejar de trabajar, que nunca íbamos a heredar propiedades y que nunca pero nunca estaríamos hechos.
Siempre renegué de ese destino, del trabajo, del esfuerzo y de la mar en coche donde parece que podés pegarte mil viajes en tu cabeza, con o sin ayuda, pero siempre tendrás que volver a convertirte en fuerza de trabajo para tomarte el vino y comerte el chori el domingo al mediodía. En casa eran las empanadas fritas picantes y el vino tinto en caja.
Amo el olor a fritura de los días grises, como en el centro no lo encuentro, agarro la bici y me voy a pedalear a algún barrio popular y veo el humito de los ranchos, y siento el olor a la torta frita, a lo que sea frito y me siento como en casa. A veces la memoria tiene olor, a veces la memoria es tan frágil que me preguntan algo de mi ciudad de nacimiento y ya no me acuerdo. A veces hay que hacerle lugar a lo nuevo y es posible que no me acuerde en las calles donde fui feliz en Bahía, pero siempre voy a recordar que no necesitábamos mandar un mensaje para caer en lo de nuestros amigues, sólo íbamos.
Vuelvo a la foto y también caigo en el vestido de mi mamá. Creo que fueron de los primeros volados que vi en mi vida. Vestido que en mi infancia usé a escondidas y que fantaseé seguramente como bailarina española.
La polaroid como memoria familiar, el vestido como memoria marica y todo junio como memoria de mi existencia.

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